(También nos puedes seguir por nuestro canal de WhatsApp)
La evolución del PIB per cápita de Almería se ha convertido en una cuesta abajo. Según el INE, en el año 2000 la provincia se situaba en el puesto 22º de 52 (superando la media nacional). En 2023, hemos caído al puesto 41 (84% de la media). Aunque hemos crecido en términos absolutos, lo hemos hecho más lento que el resto. Este descenso sostenido durante más de dos décadas debería invitarnos a reflexionar.
Si desglosamos el dato, el PIB total (la riqueza que generamos) no va tan mal: hemos mantenido nuestra posición relativa (del puesto 24 al 22) y la economía ha
crecido un 130%. Podría ir mejor si evitáramos “fugas” de valor: márgenes captados por empresas con sede fuera, servicios clave deslocalizados (I+D, marketing, logística, comercial) y estructuras empresariales que a veces no terminan de consolidarse en la provincia. Pero, aun con eso, el gran problema no está ahí, sino
en el denominador: la población.
En estos 23 años hemos crecido un 45% en habitantes (de 557.000 a 757.000), sobre todo por la inmigración, que ha pasado del 4% al 21% de la población. Somos la provincia con mayor proporción de población extranjera empadronada. Esto no es un juicio de valor, es un dato que explica mucho del comportamiento de nuestro PIB per cápita. El crecimiento poblacional ha sido tan rápido que la riqueza generada no ha podido acompañarlo al mismo ritmo.
Aquí es donde surgen preguntas legítimas. La primera: ¿se ha repartido mal la riqueza? El índice de Gini dice que no: la desigualdad familiar en Almería se ha reducido notablemente, pasando de 36,9 en 2015 a 32,0 en 2023, un descenso incluso mayor que la media española. Por tanto, no estamos ante un problema de
reparto, sino de composición y productividad de la población.
Muchos plantean que una solución sería subir los sueldos, pero aumentar salarios sin mejorar la productividad es hacerse trampas al solitario. Y aquí aparece otro elemento clave: el perfil del trabajador agrario, base de nuestro principal motor
económico. Según el INE, el 63% de los ocupados en agricultura solo tiene estudios básicos, frente al 27% del conjunto de la economía. Y si nos centramos en los trabajadores extranjeros, ese porcentaje asciende al 77%. Con esa base formativa, enfrentarse a la agricultura inteligente del futuro es un reto mayúsculo.
La siguiente tentación es culpar al propio sector agrario. Es cierto que la “inmigración renovable” ha generado un mercado laboral muy dependiente de mano de obra abundante, de rotación elevada y con escasa estabilidad. Esto ha
dificultado la consolidación de modelos laborales orientados a la productividad, la especialización o la profesionalización de tareas clave. A esto se suma que, en los
últimos años, el sector ha vivido una tormenta perfecta: costes disparados, presión de los clientes por contener precios, márgenes cada vez más ajustados y una
competencia feroz.
Pero también existe la teoría inversa: que es el tipo de economía de Almería (intensiva en empleo de baja cualificación y márgenes ajustados) la que “pide” un tipo concreto de inmigración. Pensemos ahora si la migración continuaría sin
existir la agricultura y viceversa: de quién depende qué. Es un debate circular.
¿Parte de la inmigración se produce porque existe el sector, o el sector existe como lo conocemos porque la inmigración está disponible?
No debemos olvidar que la provincia está en una de las fronteras naturales de Europa, una de las más desiguales del mundo.
La respuesta no es sencilla. Lo que sí está claro es que romper este círculo vicioso no será fácil. Para lograrlo necesitamos que el tejido productivo suba de escalón. Eso significa más capital por trabajador, más valor añadido, más conocimiento, más tecnología, más servicios empresariales propios y una apuesta real por la innovación que evite la fuga de valor fuera de la provincia. Cuando las empresas evolucionan hacia modelos más avanzados, cambian los perfiles laborales que necesitan: aparecen incentivos para atraer y retener talento, mejorar la formación, profesionalizar tareas y elevar la productividad.
Este proceso no es inmediato. Requiere inversión, tiempo y cambios estructurales. Pero si no lo afrontamos, seguiremos creciendo en tamaño sin crecer en calidad económica, generando riqueza sin que se traduzca en mejora real de nuestro nivel de vida relativo.



