Cooperativas y la acción por el clima

A nivel mundial, el cooperativismo ha elegido este lema para conmemorar su Día Internacional que se celebra mañana sábado, 4 de julio, como una invitación a todo el sector a seguir impulsando acciones para luchar contra el cambio climático.

Desde los principios, mucho antes de que los términos cambio climático o calentamiento global pasaran a formar parte del acervo colectivo, las cooperativas -especialmente las surgidas al calor (nunca mejor dicho) del sol, primero, y del invernadero, poco después- ya trabajaban por mejorar sus estructuras y costes, su rentabilidad y el cuidado de su campo, o eso que se ha venido a llamar la sostenibilidad social, medioambiental y económica.

Primeros agricultores años 60. Archivo CAJAMAR.
Primeros agricultores años 60. Archivo CAJAMAR.

En 2016, Cajamar -una entidad de estrechos lazos con la historia y desarrollo del cooperativismo- publicó el estudio de Emilio Galdeano, José Ángel Aznar y Juan Carlos Pérez Mesa dedicado precisamente a desgranar esa triple sostenibilidad.

Sostenibilidad social

Desde su inicio y posterior desarrollo hasta el día de hoy, el sector hortofrutícola tiene en los agricultores y sus familias -apoyados a partir de los años 90 del siglo pasado por la fuerza inmigrante- como uno de sus pilares principales. Fueron ellos quienes, a partir de pequeñas explotaciones, con una media de entre 2 y 2,4 hectáreas de superficie, protagonizaron el denominado “milagro” almeriense.

Sin embargo, tal y como apuntan los autores citados, este entramado de pequeñas empresas familiares -unas 13.500 explotaciones en 2016- no se hubiera podido sostener sin el desarrollo en paralelo de las cooperativas o sociedades agrarias, convertidas en el instrumento más adecuado para garantizar la estabilidad del sector agrícola.

En aquellos principios, también fueron fundamentales las cooperativas de crédito, y entre ellas destaca la Caja Rural de Almería, hoy Cajamar, creada en los años 60 al albor del nacimiento del nuevo modelo. Ésa y otras entidades locales como la Caja de Ahorros de Almería, ya integrada en Unicaja, “fomentan la responsabilidad social, promoviendo la investigación, la enseñanza, la conciencia acerca de las cuestiones medioambientales mediante seminarios y actividades que se dirigen y de la que se beneficia una gran parte de la sociedad almeriense, no sólo la dedicada a la agricultura”, apuntan los investigadores.

Sostenibilidad medioambiental y económica

Esa misma sociedad ha ido viendo como las explotaciones familiares, y las cooperativas de las que forman parte, han aprovechado de forma ejemplar los recursos naturales, base de su existencia: suelos, agua y clima, hasta el punto de mejorar sus condiciones en un entorno semiárido donde el temido cambio climático, curiosamente, ha tenido una menor incidencia gracias a los invernaderos.

Archivo CAJAMAR.

A lo largo de apenas 60 años, la valentía de los hombres y mujeres de la agricultura, apuntados a toda innovación tecnológica que surgía, ha llevado a un uso eficiente de los recursos. Del enarenado a las cubiertas, del manejo del suelo al hidropónico, del riego a manta al uso y perfeccionamiento del goteo y la fertirrigación. La rentabilidad generada por metro cúbico de agua en los invernaderos de Almería es casi 12 veces mayor que la obtenida en cultivos hortícolas a campo abierto y 6 veces superior a la rentabilidad media generada en la agricultura de regadío del conjunto nacional.

Y no solo pueden presumir del aprovechamiento solar – los invernaderos de Almería requieren un uso de energía 22 veces menor que en los Países Bajos sino que además los cultivos bajo plástico en Almería, tal y como ha demostrado el investigador Pablo Campra, han tenido un efecto positivo en la reducción de CO2 -que es absorbido por los cultivos- y en la disminución de la temperatura, actuando como un freno al citado calentamiento global. Según Campra, el efecto albedo, el reflejo solar provocado por las cubiertas de los invernaderos, ha bajado las temperaturas en zonas como el Poniente almeriense en 0,75 grados de 1983 a 2006.

Otro añadido a las prácticas medioambientales en los cultivos ha sido el uso creciente del control biológico. Desde mitad de los años 90, desde Coexphal se ha venido trabajando pausada pero constantemente en demostrar que las prácticas de control biológico no sólo mejoraban los cultivos y la salud de quienes los manejaban sino que además podían obtener mejor calidad, y con ello, una mejor productividad. Un control biológico o lucha integrada en plena consonancia con la sostenibilidad ambiental conseguida y traducida en una mayor rentabilidad. Por eso, cada vez son más las cooperativas o sat que lo exigen como un requisito imprescindible para sus socios.

El control biológico ha supuesto un antes y un después en la agricultura. En la foto, Aphidoletes con pulgón. Foto: Jan van der Blom.

Las cooperativas agroalimentarias son las principales protagonistas del 24% del PIB almeriense, logrado mediante la ya referida optimización de sus recursos (agua, suelo, tecnología, innovación, sol,….).

Como recordaba José Montes, vicesecretario de Cooperativas Agro-Alimentarias de Es-paña, en el estudio La Economía Social del Mediterráneo, editado por Cajamar en 2019, “los valores cooperativos que en 1885 estableció la Alianza Cooperativa Internacional (ACI) tienen aún vigencia: la ayuda mutua, la responsabilidad, la democracia, la igual-dad, la equidad y la solidaridad.

Y ahora, en pleno siglo XXI, cuando al día del cooperativismo de 2020 porta el lema de “Acción por el clima”, desde Almería pueden decir alto y claro que las cooperativas o las sociedades agrarias de transformación son verdaderas activistas, no sólo de forma coyuntural sino demostrado a lo largo de su corta pero intensa historia.

Redaccion AenVerde
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