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Me estaba dedicando hoy -mientras hacía otras cosas eso sí- a escuchar (que no ver) el webinar ‘El sector energético en el mundo. Perspectivas’, de Vaclav Smil, científico y analista político checo-canadiense. Ahora profesor emérito de la Facultad de Medio Ambiente en la Universidad de Manitoba, en Winnipeg (Canadá). Según el diario El Mundo, “el científico que más sabe de energía del mundo”. Fue esta entrevista del 4 de diciembre la que me llevó hasta él.
Continúo y os dejo algunas ideas que se desprenden de la conferencia. El futuro energético del mundo no depende de los países occidentales. Este será cosa de China, India y el África Subsahariana (estos últimos de cara al futuro, ya que se desarrollarán gracias a las energías fósiles, le guste a quien le guste). Esto está en consonancia con los datos (ver gráfico 1 sobre cómo han evolucionado las emisiones de CO2 según país).

Los sectores con más emisiones de efecto invernadero los pongo yo: la producción energética (de largo), el transporte, manufacturas y construcción, y la agricultura son los principales (ver gráfico 2).

Este profesor reconoce la imposibilidad de realizar la transición hacia la energía limpia en los próximos años, simplemente porque una cosa es la teoría y otra, la realidad que posee una inercia intrínseca muy difícil de parar basada en el uso mayoritario aún de las energías fósiles. La UE en este proceso ni pincha ni corta. Critica la visión europea que no reconoce la complejidad de los procesos. Al mismo tiempo expone que la aportación de Europa al equilibrio energético será nimia ya que apenas representa el 6% de la población mundial, algo más en la economía (15%). Casi toda basada en servicios, algunos de ellos muy contaminantes (¿sabías que los europeos somos los que más queroseno gastamos per cápita porque suponemos el 20% de los desplazamientos de avión del mundo? Básicamente hacemos la transición al coche eléctrico para pequeños trayectos, pero no estamos dispuestos a dejar de hacer turismo en avión).
Como ya se ha dicho, Europa, en función de su economía, se dedica a importar productos industriales muy contaminantes. Es decir, en términos netos: de verde poco; incluso los daneses donde la energía eólica llega más o menos al 50%, ya que deben comprar fuera lo que no producen pero que sí consumen.
Lo mejor que se podría hacer para ser más ecológicos es implementar pequeñas mejoras que no requieran una innovación radical. La optimización de los pequeños procesos tendrá mayor impacto en el largo plazo que cualquier modificación sustancial en la generación energética que se nos vende constantemente por los medios de comunicación o la academia (dígase reactor nuclear modular o hidrógeno verde) pero que requerirá décadas para su implementación debido a la complejidad de su adaptación a todos los contextos.
Y aquí es donde introduce el concepto de reducción de la demanda (para que afecte a la oferta), que según él es posible sin reducción del bienestar de la población (no sé yo). Y pone el ejemplo de la alimentación (que supone el 25% más o menos de las emisiones de CO2, eso lo digo yo). Pequeños gestos transversales como la reducción del desperdicio alimentario (40% del total), o el consumo alimentario de proximidad y temporada, suponen menor uso energético y emisiones en la producción y distribución de alimentos.
Y como en toda salsa tuvieron que salir a colación los tomates de Almería. Para el prestigioso profesor, es una aberración consumir tomates en invierno que son transportados desde Almería al norte de Europa. Que nadie se va a morir por no consumir un tomate en enero: que para eso están las coles (producto oriundo de latitudes altas) que tienen más vitamina C.
Según sus propias palabras, ha estudiado el modelo: los plásticos (que se ven desde el avión) requieren la utilización de combustibles fósiles y la refrigeración de los invernaderos necesita energía (aquí ya patina un poco). Tengo que confesar que me dio un pálpito. No he leído su reciente libro: “2050. Por qué un mundo sin emisiones es casi imposible” pero ya me da miedo.
La verdad es que me gustaría re-invitarlo a Almería (según se desprende ya ha visitado esta amable provincia) para decirle algunas cosas: i) entorno al 95% del plástico se recicla para nuevos materiales, combustibles y subproductos para construcción; ii) los invernaderos de Almería no utilizan refrigeración ni electricidad, por eso se denominan «invernaderos solares».
Y es cierto que el transporte es el elemento más contaminante en su cadena de valor, aun así, las emisiones de CO2 de un tomate producido y transportado a Berlín son menores que las de un tomate de un invernadero de cristal (que sí utiliza calefacción) producido en el norte de Europa y transportado a ese mismo destino.

Dicho esto, las emisiones en toda la cadena de suministro de un tomate suman 2,1 kg de CO2 equivalente por kg de alimento; mientras que el café o el queso suman más de 20 kg de CO2, por no hacer hablar de la carne de vacuno que llega a los 99 kg de CO2 (ver gráfico 3); en otras palabras, el tomate es más bien poca posa en términos de emisiones relativas.
En fin, os recomiendo el visionado del video (creo que es el último en suelo patrio). Tiene ideas muy interesantes.



