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Tecnología, genética y sostenibilidad: Así será la agricultura en los invernaderos del futuro

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La combinación de avances tecnológicos, innovación genética y un compromiso firme con la sostenibilidad dibujan un escenario en el que la agricultura bajo invernadero del sur de Europa no solo abastecerá de frutas y hortalizas frescas a millones de personas, sino que también contribuirá a mitigar los efectos del cambio climático y a fortalecer las economías locales.

En el marco del II Congreso de Gastronomía Verde, VESTIAL, ponentes como Esteban Baeza, investigador del CIT de COEXPHAL o Eduard Fitó, de Semillas Fitó, entre otros destacados representantes del sector expusieron cómo será la agricultura de los próximos años y qué herramientas serán imprescindibles para mantener el liderazgo en producción hortofrutícola sostenible.

Invernaderos inteligentes

El invernadero del futuro estará diseñado para aprovechar al máximo cada recurso. Equipado con sensores de última generación, cámaras hiperespectrales y sistemas de inteligencia artificial, e capaz de monitorizar cada planta, detectar posibles problemas antes de que sean visibles y ajustar las condiciones de cultivo de forma automática.

La robótica permitirá automatizar las tareas más repetitivas y exigentes: desde la poda y el aclareo de hojas hasta la recolección selectiva, eligiendo únicamente los frutos que cumplen con las especificaciones de calibre, color y sabor que demanda el mercado en ese momento. Los vehículos autoguiados y los drones sustituirán gran parte del trabajo manual, permitiendo que los agricultores se concentren en la supervisión y la toma de decisiones estratégicas.

Esteban Baeza durante su intervención en VESTIAL.

“El agricultor del futuro no perderá su papel; al contrario, será un gestor de alta tecnología, con herramientas que le permitirán producir más y mejor, con menos recursos y mayor precisión”, afirmó Esteban Baeza.

Energías renovables y economía circular como pilares

Otro de los grandes avances será la independencia energética de las explotaciones. Cubiertas fotovoltaicas semitransparentes y aerogeneradores en zonas libres del invernadero proporcionarán energía limpia para el riego, la climatización o la iluminación artificial. El excedente se podrá almacenar en forma de hidrógeno para su uso en los meses más fríos.

La economía circular estará integrada en el día a día. Los restos de cosecha se transformarán en compost y biofertilizantes, e incluso en celulosa para fabricar los envases de los propios productos. “Aprovechar cada subproducto no es solo una cuestión medioambiental; es una oportunidad económica que refuerza la competitividad del sector”, según Baeza.

La genética: variedades adaptadas al clima y al consumidor

Eduard Fitó, presidente de Semillas Fitó y representante de ANOVE, recordó que la innovación varietal es un proceso largo y costoso: “Crear una nueva variedad resistente a enfermedades, que soporte temperaturas extremas y que mantenga las cualidades organolépticas que el consumidor exige requiere más de diez años de trabajo y una inversión que supera el millón de euros”.

Esta labor, en la que intervienen equipos multidisciplinares, no se limita a garantizar la producción, sino que persigue satisfacer tendencias de consumo cada vez más segmentadas: frutas más dulces, hortalizas con texturas específicas, productos libres de determinados alérgenos o con un valor nutricional reforzado.

Eduard Fitó durante su charla en el Congreso de Gastronomía Verde.

En un contexto de cambio climático, la obtención de variedades capaces de producir en condiciones más extremas será esencial para asegurar el abastecimiento global sin aumentar la presión sobre los recursos naturales.

Sostenibilidad integral: más allá del medio ambiente

En otra mesa redonda, representantes del sector insistieron en que la sostenibilidad no puede medirse únicamente en términos medioambientales. Es necesario incluir indicadores económicos y sociales que reflejen el impacto real de la actividad agrícola en el territorio.

Los invernaderos solares del sur de Europa ya son un referente por sus bajas emisiones, su eficiencia en el uso del agua y el control biológico de plagas, pero el futuro exigirá comunicar mejor estas ventajas para que el consumidor las conozca y las valore.

“Competimos con mercados donde el coste de producción es más bajo, pero que no cumplen los mismos estándares. La diferenciación pasa por explicar al consumidor por qué nuestro producto tiene un valor añadido”, señalaron los ponentes.

Conexión directa con el consumidor

La tecnología permitirá que la trazabilidad llegue hasta el último detalle, de forma que el consumidor pueda conocer el origen exacto de cada producto, las técnicas de cultivo utilizadas y el impacto ambiental positivo de su producción. Códigos QR, etiquetas inteligentes y plataformas digitales facilitarán esta conexión, reforzando la confianza y fidelidad hacia los productos cultivados bajo este modelo.

Un liderazgo que se construye en colaboración

Todos coincidieron en que el futuro del sector dependerá de la capacidad para cooperar entre agricultores, empresas tecnológicas, obtentores de semillas y distribuidores. La innovación abierta, la transferencia de conocimiento y la creación de alianzas estratégicas serán fundamentales para que el Sur de Europa mantenga su posición como “huerta” de millones de europeos durante todo el año.

*La imagen principal ha sido generada por IA.
Redaccion AenVerde

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