La incertidumbre como costumbre

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La campaña hortícola almeriense acabó el año pasado con mal sabor de boca. La primavera dejó unos malos resultados, provocando que la variación de ingresos totales del sector no fuera positiva.

El nuevo ciclo se inició, como es costumbre, con incertidumbre, más si consideramos ciertos hechos que pueden condicionar el resultado futuro. Por el lado de los insumos se está avecinando una tormenta perfecta: el elevado precio del gas, la electricidad y el petróleo está provocando una fuerte crisis entre los fabricantes europeos de fertilizantes. Las principales compañías mundiales están recortando la producción, según ellas, por no poder asumir unas tarifas tan elevadas. La situación provocará tarde o temprano, una carencia de suministros y unos precios más caros en los productos químicos.

Cuánto se puede soportar

En este contexto, la cuestión es ¿hasta qué punto los agricultores podrán sostener la subida inminente de sus costes? Más aún si sumamos los incrementos de salario que ya se han implementado, y aquellos que están por llegar.

En otros tipos de agricultura ya se asume una caída de la oferta, por el abandono progresivo de la actividad y el consiguiente aumento de precios de los productos agrarios. En nuestro caso, ya se aprecia una tendencia del agricultor a los productos hortícolas con menores costes.

Las consecuencias están claras: para productos como el tomate se está dejando la puerta abierta a la oferta barata de terceros países; para otros, como el pimiento, calabacín o pepino, se está sobrecargando la producción, que por ahora está siendo aceptada por la demanda. Los precios de la incipiente campaña, y las primeras estimaciones de aforos, parecen dar la razón a los hechos, esperemos que la situación no sea tan drástica como parece.

Tal y como queda reflejado arriba, el sector hortofrutícola, al margen de los vaivenes típicos del mercado, está sometido a los mismos imponderables que otras actividades económicas. Pero además está gobernado indirectamente por los eslabones superiores de la cadena, que no dejarán trasladar el incremento de costes, que sí aplicarán ellos, al consumidor.

En fin, al margen de lo expuesto, se me ocurren otros muchos derroteros distintos por los que pueden girar los acontecimientos en los próximos meses; algunos de ellos positivos. Esperemos buenas noticias, pero preparemos un plan B por si acaso.

Juan Carlos Pérez Mesa

Doctor en Economía Departamento de Economía y Empresa Universidad de Almería (UAL)

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