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El pasado 10 de febrero, el consejero de Universidad, Investigación e Innovación, José Carlos Gómez Villamandos, anunciaba en Almería la aprobación del decreto por el que nacía la Academia Andaluza de Agricultura, y que tendrá la sede en el Parque Científico-Tecnológico de Almería (PITA). Al frente de su dirección, el catedrático de la Universidad de Almería, Diego Valera, que nos desvela en esta entrevista los objetivos y retos que le aguardan a la recién creada institución.
La Academia Andaluza de la Agricultura nace con el objetivo de ordenar y vertebrar el conocimiento agrario en Andalucía. Desde su perspectiva, ¿qué fallos estructurales ha detectado en la transferencia de conocimiento al sector productivo?
Andalucía genera conocimiento agrario de enorme valor, pero a menudo no llega al campo con la rapidez, claridad y utilidad que exige la realidad productiva. El problema no es la falta de talento; contamos con universidades, IFAPA, centros de investigación, empresas tecnológicas, cooperativas, administraciones y agricultores punteros. La dificultad está en que ese conocimiento aparece con frecuencia disperso, convertido en iniciativas aisladas, que no siempre se traducen en acompañamiento práctico, formación continuada o criterios compartidos para decidir.
Además, los retos avanzan más deprisa que nuestra capacidad de respuesta coordinada. El agricultor y el técnico necesitan conocimiento contrastado y aplicable, pero también cercano, comprensible y adaptado a cada sistema productivo.
Por eso la Academia nace para conectar capacidades, ordenar prioridades y ayudar a convertir investigación y experiencia en soluciones reales. No venimos a sustituir a nadie, sino a hacer que el conocimiento circule mejor entre ciencia, administración y sector productivo, y que se convierta en valor para el campo andaluz.
-Almería será la sede de la Academia, una provincia referente en agricultura intensiva y tecnología de invernadero. ¿Qué mensaje lanza esta decisión al resto de Andalucía y al ámbito agrario europeo?
La elección de Almería como sede lanza un mensaje muy nítido, situando Andalucía a la agricultura en el centro de su estrategia de desarrollo, y lo hace desde uno de los territorios que mejor simbolizan la capacidad de innovación y transformación del sector agrario mediterráneo.
Almería es, en la práctica, un laboratorio a escala real de agricultura intensiva tecnificada; en pocas décadas ha consolidado un modelo competitivo y exportador apoyado en la integración de agricultores, asesoramiento técnico, cooperativas y comercializadoras, industria auxiliar, centros de investigación y servicios avanzados. Ese ecosistema ha permitido avanzar en eficiencia de recursos, profesionalización y respuesta rápida a exigencias de mercado, convirtiendo los retos en palancas de innovación.
Ahora bien, la Academia no nace para ser “de Almería”, sino desde Almería para toda Andalucía. La sede reconoce el papel tractor del Modelo Almería, pero la vocación es plenamente andaluza. El mensaje al resto de Andalucía es, por tanto, de cooperación e integración.
Y hacia el ámbito europeo, el mensaje es estratégico; Andalucía no sólo produce alimentos, también genera conocimiento y soluciones para los grandes retos de la agricultura mediterránea, aportando experiencia demostrada en tecnificación, organización sectorial y transferencia de conocimiento. En suma, Almería es una sede natural por lo que representa, y la Academia aspira a ser un referente científico‑técnico que proyecte ese conocimiento al conjunto de Andalucía y al debate agrario europeo.
-Usted ya ha comentado que la Academia debe situar a la agricultura en el centro del desarrollo económico y territorial. ¿Cómo puede traducirse este enfoque en políticas públicas y estrategias empresariales concretas?
Traducirlo significa, ante todo, tomar decisiones con evidencia y con una mirada de medio y largo plazo. En políticas públicas, implica priorizar medidas que refuercen competitividad y sostenibilidad a la vez. Por ejemplo, gestión del agua basada en datos, apoyo real a la innovación y digitalización, simplificación normativa cuando sea posible y evaluación de impacto de las medidas antes de aplicarlas.
En estrategias empresariales, significa apostar por el valor añadido, potenciando la profesionalización de la gestión, las tecnologías que aumenten eficiencia, mejorando la planificación productiva y comercial, la calidad diferenciada, la trazabilidad, implementando la economía circula, sin olvidar la formación a lo largo de la vida. La agricultura de hoy ya no compite sólo por producir más con menos; compite por gestionar sistemas complejos con rentabilidad, sostenibilidad y acceso competitivo al mercado.
La Academia puede contribuir aportando informes técnicos, dictámenes, criterios compartidos y espacios de encuentro que ayuden a alinear políticas y estrategia empresarial.
-En un contexto marcado por el cambio climático, la escasez de agua y la presión regulatoria, ¿puede la Academia convertirse en un espacio de reflexión crítica frente a determinadas políticas agrarias?
Sí, y diría más, debe ser una de sus funciones esenciales. No como un órgano de confrontación, sino como un espacio sereno, riguroso e independiente para analizar políticas agrarias desde el conocimiento científico-técnico y desde la realidad del sector. Hoy se toman decisiones de enorme calado y esas decisiones deben apoyarse en evidencias científicas, no en diagnósticos parciales o inercias administrativas.
La Academia puede aportar un criterio equilibrado, capaz de decir qué funciona, qué no y cómo corregirlo con propuestas viables para la diversidad agraria andaluza.
-Andalucía cuenta con universidades, centros tecnológicos y empresas muy activas en I+D+i. ¿Cómo va a coordinarse la Academia con estos actores para evitar duplicidades y reforzar sinergias reales?
Con una idea sencilla, sumar sin invadir. No tendría sentido duplicar estructuras que ya funcionan. La Academia quiere actuar como un nodo de conexión, ordenando prioridades, facilitando encuentros, visibilizando el conocimiento útil y aumentando el impacto de lo que ya se hace.
El ecosistema andaluz es potente, pero está muy distribuido. El reto es que esa riqueza no trabaje en paralelo, sino alineada en torno a necesidades compartidas.
Para ello, la coordinación debe apoyarse en convenios, comisiones especializadas y alianzas estables, promoviendo grupos de expertos, informes técnicos, jornadas de transferencia y proyectos colaborativos. El valor de la Academia no será hacer más, sino hacer mejor; conectando investigación, administración y producción para que la I+D+i se traduzca en soluciones directamente aplicables al sector, que aumenten su competitividad.
-Desde su experiencia académica y técnica, ¿qué errores estratégicos ha cometido el sector agrario español que esta Academia podría ayudar a corregir en los próximos años?
El sector agrario español ha demostrado una capacidad de adaptación enorme, pero arrastra debilidades que conviene afrontar con más decisión. La primera carencia es que no siempre hemos colocado el conocimiento en el centro de la estrategia. A veces avanzamos por reacción, cuando necesitamos más anticipación, más análisis prospectivo y una conexión estable entre investigación, política agraria y sector.
La segunda es la fragmentación. Tenemos actores excelentes, pero con frecuencia demasiado aislados, lo que reduce impacto y genera duplicidades. La tercera es el relato, puesto que durante años se ha hablado de agricultura casi solo en clave de conflicto o ayudas, y no como sector estratégico para garantizar la soberanía alimentaria, el empleo, la innovación, el equilibrio territorial y el futuro de nuestros pueblos. Eso debilita la posición del campo ante la sociedad y ante Europa.

Y, por último, necesitamos más formación a lo largo de la vida y garantizar el relevo generacional. La Academia puede ayudar a corregir estos puntos aportando reflexión estratégica, transferencia y criterio independiente para pasar de una agricultura que responde a los problemas a otra que se anticipa.
-La agricultura andaluza es líder en muchos ámbitos, pero a menudo no logra posicionar su relato en Europa. ¿Qué papel puede jugar la Academia en la defensa y proyección del modelo agrícola andaluz a nivel comunitario?
Europa debate sobre la agricultura, con frecuencia, desde una mirada demasiado generalista, que no siempre comprende la singularidad de los agrosistemas del sur. Andalucía necesita explicar mejor su modelo con datos, evidencia y experiencia.
La Academia puede contribuir generando informes y posicionamientos científico-técnicos que permitan defender el modelo andaluz con argumentos verificables. No se trata de hacer lobby en sentido clásico, sino de aportar autoridad científica en los debates clave.
Y hay un mensaje esencial. Somos la huerta de Europa y hemos aprendido a producir en condiciones difíciles, por lo que ese conocimiento será cada vez más útil para otras regiones europeas.
-Mirando a un horizonte de diez años, ¿qué le gustaría que se dijera de la Academia Andaluza de la Agricultura cuando se evalúe su impacto real en el sector y en la sociedad andaluza?
Que fue útil. Que no se quedó en lo simbólico ni en el reconocimiento interno, sino que actuó como una herramienta al servicio del campo andaluz y de la sociedad. Me gustaría que se dijera que ayudó a ordenar el conocimiento, a conectar mejor a universidades, IFAPA, centros de investigación, empresas, administraciones y sector productivo; y a que muchas decisiones se tomaran con más rigor y visión de futuro.
También que supo anticipar, aportando análisis y propuestas antes de que los problemas estallaran, y que contribuyó a mejorar al sector. Y, sobre todo, que los agricultores la sintieron como algo propio.
Si dentro de diez años la Academia ha servido para unir talento, generar confianza, aportar criterio independiente y reforzar el prestigio de la agricultura andaluza dentro y fuera, entonces habrá cumplido su misión.



