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Entrevista a Jan van der Blom, doctor biólogo, especializado en entomología
(Universidad de Utrecht). Responsable del Departamento de Técnicas de Producción de COEXPHAL desde 2003.
Hay personas cuya pasión y sabiduría hacen que no queramos que se jubilen nunca.
Jan es una de ellas. De la mano de Marian Martínez, repasa en esta entrevista un hito fundamental: la implantación del control biológico de plagas en los invernaderos de Almería, que también ha compartido a lo largo de los años como colaborador de Aenverde.
-¿Cómo y por qué llega un holandés como usted a Almería?
Por casualidades de la vida. Durante mis estudios había trabajado con abejas, abejorros y también en proyectos de control biológico. Al terminar la carrera empecé a trabajar en una empresa dedicada a este tema. Como hablaba español,
me preguntaron si podía apoyar al distribuidor que la compañía tenía en esta zona. Eso ocurrió en otoño de 1993 y, para primavera de 1994, ya se había decidido que nos quedaríamos. Desde entonces solo hemos vuelto para recoger las maletas… y aquí seguimos.
-¿Cómo era esa Almería, sus invernaderos del año 93?
Lo que más me impresionó al llegar fue el ambiente de innovación. Los invernaderos y los agricultores estaban en pleno proceso de modernización: nuevas variedades, riego por goteo… Aunque aún quedaba alguna finca con riego a manta, ya era algo excepcional. Los cambios se implantaban muy rápido gracias a la buena organización en cooperativas, donde la información se comparte con facilidad.
La introducción de las colmenas de abejorro fue un cambio radical. Cuando llegué, solo un 5% de los agricultores las probaba, y en dos años ya eran casi universales. Se dejó atrás el cuajado manual, se mejoró el rendimiento y la calidad, y se redujo mucho la mano de obra. Además, obligó a respetar al abejorro y usar productos
compatibles, eliminando problemas de residuos y permitiendo producir variedades delicadas como el tomate en ramillete. Para 1996, prácticamente todo el sector los usaba.
-Volviendo al presente, ¿qué plagas siguen representando un desafío para el control biológico?
En control de plagas siempre pasamos de un reto a otro. Cuando algo empieza a funcionar, surge una plaga nueva y tenemos que volver a aprender. A principios de los 2000, el pimiento se convirtió en un gran problema: las plagas eran resistentes y el control químico ya no funcionaba. Por eso apostamos por el control biológico, primero con trips, y cuando los agricultores vieron que funcionaba, el cambio se generalizó.

Entre 2006 y 2008 casi todo el pimiento pasó a manejo biológico. Desde entonces han aparecido nuevas plagas, como Tuta absoluta, pulgón y ahora, Thrips parvispinus, que manejamos combinando prevención, enemigos naturales y tratamientos puntuales. Lo más prometedor hoy es un trips depredador autóctono, con resultados muy buenos en ensayos en Ifapa; aún queda desarrollarlo a gran escala, pero puede ser clave para controlar el Parvispinus.
-Ahora vamos a mirar al futuro. ¿Cuál es su perspectiva de la evolución del sector?
El control biológico ha llegado para quedarse y ha sido clave para salvar cultivos en Almería. Entre 2004 y 2007, la exportación de pimiento cayó a la mitad, y gracias al control biológico se recuperó el mercado alemán, con un incremento de más de 300 millones de euros. Esto convirtió a Almería en un referente mundial en horticultura y control de plagas.
Al mismo tiempo, el sector ha avanzado en sostenibilidad, con sistemas de gestión de residuos plásticos y orgánicos y servicios auxiliares que crean un equilibrio medioambiental. Aún queda trabajo, porque un pequeño error puede afectar la imagen del sector, pero agricultores y cooperativas son conscientes de la importancia de hacerlo bien. En estos 25 años hemos vivido una auténtica revolución en producción, control biológico y gestión ambiental.
Almería debe seguir adaptándose a la competencia internacional, como la de Marruecos, y lo logrará, porque el sector ya ha demostrado una gran capacidad de adaptación al cambio.
-Hablemos de la transformación digital.
Algunas plagas, como araña roja o pulgón, requieren vigilancia constante y actuar rápidamente sobre los focos. Si existen sistemas digitales que permitan detectar plagas sin revisar línea por línea sería sin duda una gran ventaja.
La mayoría de las medidas son preventivas y se planifican desde el inicio: suelta de fauna auxiliar cuando la planta está lista, o uso de plantas reservorio para mantener a los enemigos naturales. En cuanto a tratamientos, especialmente fungicidas, se podrían optimizar con sensores y modelos que indiquen cuándo hay mayor riesgo,
aplicando productos preventivos solo cuando sea necesario, en lugar de tratamientos continuos.
Sin embargo, es difícil automatizar completamente las decisiones. La necesidad de un tratamiento depende de muchos factores: época del año, presencia de enemigos naturales, variedad del cultivo… incluso el estado de ánimo del agricultor puede influir en si se decide intervenir. Por eso, la experiencia y el criterio del técnico siguen siendo fundamentales.
-Tras su dilatada carrera, ¿qué experiencia diría que le ha faltado vivir?
Soy biólogo y me siento muy afortunado de haber vivido todo este proceso. Ha sido impresionante ver cómo el sector ha evolucionado, sobre todo gracias a muchas personas que han trabajado día a día con los agricultores. Los técnicos que están en el campo merecen una admiración enorme; gracias a su constancia y experiencia,
hemos podido aprender y avanzar juntos.
Más allá del control biológico, me ha encantado ver la implementación de enfoques agrobiológicos, como la plantación de setos alrededor de los invernaderos. Pero, para mí, lo más valioso ha sido la parte humana: me siento acogido, en familia, con
amigos agricultores y técnicos. Vivir aquí ha sido una experiencia profesional y personal extraordinaria.



