Con las altas temperaturas y las olas de calor que estamos viviendo este verano, hacemos todo lo posible para mantenernos fresquitos, aire acondicionado, agua fría, ropa ligera, pero…¿Cómo pueden los insectos aguantar el calor cuando se vuelve insoportable durante el verano?
Los insectos y los ácaros son animales de “sangre fría” (ectotermos), lo que significa que, a diferencia nuestra, no pueden autorregular su temperatura interna, sino que dependen principalmente de la temperatura ambiente para calentar o enfriar sus cuerpos y así potenciar sus procesos de movimiento, crecimiento, y reproducción. A medida que la temperatura ambiente se va gradualmente elevando, estos procesos biológicos generalmente se aceleran, pero claro, hasta cierto límite.
La tolerancia a las altas temperaturas de los insectos viene definida en función de las estrategias (distintas según especies) que puedan llevar a cabo para evitar el calor extremo.
Entre las estrategias más comunes encontramos, por ejemplo, un cambio en el comportamiento. Hay una razón por la cual los insectos (en general) están más activos al amanecer y al anochecer, y es para evitar el calor durante el día. No es raro que los insectos ajusten sus horarios para poder descansar durante la parte más calurosa del día y volverse activos después de que la temperatura baje.
Para manejar el calor extremo, los insectos pueden también ajustar su nivel de actividad. En nuestro caso, solemos sentirnos perezosos y mostrarnos menos activos durante las horas centrales de los días del verano. Algunos insectos por su parte tienen mecanismos propios como la dormancia o diapausa, que les permite sobrevivir en condiciones desfavorables, marcados generalmente por la inactividad y la conservación de recursos. Por ejemplo, las orugas de la procesionaria del pino (foto) entran en un estado de letargo al pasar a la fase de pupa para evitar las condiciones de temperatura del verano.

Otro cambio en el comportamiento fácil de observar es como los insectos se desplazan a lugares donde puedan evitar las temperaturas extremas, buscando refugio en la sombra fresca (microclima) que ofrecen, por ejemplo, el envés de las hojas de las plantas.
En los invernaderos, los abejorros (Bombus terrestris) (foto) se refugian del calor en las colmenas a partir de 35º C, y “abanican” a sus larvas aleteando fuertemente para asegurar la supervivencia de la colonia.

En los casos más extremos, la migración es una forma mucho más sofisticada que permite que una especie concreta de insecto pueda sobrevivir a un verano caluroso. Un buen ejemplo lo constituyen las langostas, que, bajo estrés ambiental, cambian su comportamiento, formando enjambres con un altísimo número de individuos que se desplazan, utilizando los vientos favorables, en búsqueda de condiciones más favorables.

Cuando las temperaturas son altas, la baja humedad suele convertirse en un problema asociado. Algunos insectos se han adaptado perfectamente a la aridez, y han desarrollado diversos trucos para conservar más agua, para así mantenerse frescos y evitar la deshidratación. Los escarabajos tenebriónidos (foto) están totalmente adaptados a la escasez de agua, ya que poseen una “piel” (cutícula) muy gruesa, y además suelen refugiarse del calor bajo piedras, o enterrándose bajo tierra.


