1440x90-enVerde_HREZ

Florette cultiva 900 hectáreas de lechuga en el Campo de Cartagena

florette-murcia (1)

(También nos puedes seguir por nuestro canal de WhatsApp)

Mientras la mayoría aún duerme, los trabajadore de Florette de la Finca Valderas en Roldán (Cartagena-Murcia) ya están recogiendo las lechugas que, apenas unas horas después, llegarán a los supermercados de toda España. Ese es el secreto —y principal objetivo— de la empresa: la frescura.

La compañía presume de una red agrícola que atraviesa la península y las islas. No es casualidad: sus cultivos se mueven siguiendo el clima, buscando el lugar exacto donde cada variedad tiene el sabor y la textura perfecta. «La producción en el Campo de Cartagena va desde octubre a mayo y aporta el 65% de la materia prima de Florette», explica Hassen Merdassi, responsable de Desarrollo y Proyectos Agrícolas de Florette Ibérica mientras nos muestra sus instalaciones. En verano, las altas temperaturas obligan a trasladar los cultivos a zonas altas de Almería o Albacete y otros territorios del norte de España, como Navarra, sede principal de Florette. Un total de seis centros de producción con una misión: suministrar producto local, fresco y sin interrupciones, los 365 días del año.

Hace 35 años, Florette fue pionera en introducir la IV gama, esos productos listos para consumir que hoy llenan las neveras de miles de españoles, y a principios de los años 2000 también fueron pioneros en introducir los brotes tiernos.

La historia de Florette tiene algo de aventura. Sus fundadores navarros viajaron casi por intuición al mercado central de París. Allí, entre cajas y frío, descubrieron algo que en España aún no existía: ensaladas listas para consumir. De ese viaje improvisado nació un proyecto que hoy emplea a más de 2.400 personas, cultiva más de 2.000 hectáreas y produce cada día 750.000 ensaladas.

Florette se define por tres ideas: innovación, sostenibilidad y personas. Sus equipos avanzan en digitalización, reducción de residuos y técnicas de cultivo más eficientes, pero siempre apoyándose en un aliado clave: el agricultor local. «Ese saber hacer que no enseñan las universidades y que convierte zonas como el Campo de Cartagena en referentes mundiales para los cultivos de hoja», comenta Hassen Merdassi.

Hoy, Florette es la marca más reconocida de la cuarta gama en España. Y, sin embargo, su inquietud sigue siendo la misma que aquella noche en un coche en París: «Hacer fácil que la gente se alimente mejor. Fresco, sano, práctico. Y sobre todo, honesto».

El semillero

Antes de que una ensalada llegue a la mesa, en Florette ocurre algo casi artesanal, aunque vestido de alta tecnología: el nacimiento de la planta. Todo empieza en un semillero de hectárea y media capaz de producir 65 millones de plántulas al año. Una fábrica de vida verde diseñada para controlar cada paso, desde la semilla hasta el plato.

La semilla se clasifica, se registra y se coloca en bandejas reciclables que, como piezas de un mecano, cambian de tamaño según la variedad y la época del año. Un sustrato mullido —la turba— hace de cama, y una capa de vermiculita la arropa como si fuera una manta.

Luego llega el momento clave: la siembra. Un rulo compacta el sustrato para marcar el “asiento” de cada semilla y otro rulo gemelo las deposita una a una, sin fallos. Un pequeño ordenador ajusta la velocidad, la presión de succión y la precisión del sistema. Cada mañana se calibra, como quien afina un instrumento.

Riego, apilado, registro. Cada lote recibe su propio “pasaporte”: número de serie, variedad, fecha, origen. Una trazabilidad tan exhaustiva que, con un simple código, Florette puede saber dónde nació esa semilla, cuándo germinó y en qué campo creció. Sin ese papel, la planta queda descartada. No hay excepciones.

Las bandejas entran entonces en la sala de germinación: oscuridad total, 17 grados, 95% de humedad. Allí pasan entre 24 y 36 horas, tiempo suficiente para que las semillas despierten al unísono. Todas deben nacer juntas, crecer a la misma velocidad, hacen realidad las pautas marcadas para que el resultado sea uniforme.

Después llega la luz: el vivero propiamente dicho. Aquí las plantas pasan entre tres semanas y mes y medio, según haga calor o frío. Mientras crecen, se vigila todo: raíces blancas y compactas, hojas sanas, ausencia de plagas. Los ventiladores regulan la humedad, los filtros impiden la entrada de insectos y hasta la lluvia se aprovecha para riego. Un pequeño ecosistema sellado y autosuficiente.

Solo cuando la planta está fuerte —raíces firmes, hojas en su punto— está lista para el mundo exterior. Allí comenzará otra vida: la del campo abierto, con sus temperaturas cambiantes, suelos distintos y el ritmo natural de cada estación.

En otra zona del vivero nacen los microbrotes, estrellas de la alta cocina: mezclas de cinco especies diferentes, llenas de sabor y sorprendentemente ricas en proteínas. Se consumen tal cual, en estado embrionario, sin abonos ni tratamientos.

Brotes tiernos

Cuando el frío aprieta en media España, el Campo de Cartagena se convierte en un oasis agrícola. Su clima templado permite que, entre diciembre y enero, esta tierra sea el epicentro de la producción de lechugas: iceberg, romana y escarola. Más de 900 hectáreas están plantadas para abastecer el mercado invernal, unas 800 hectáreas corresponden a cultivos al aire libre y 100 hectáreas a cultivos protegidos (invernaderos). 

Los brotes son delicados, exigen condiciones perfectas y protección frente a plagas y clima. Por eso se cultivan en invernaderos, bajo sistemas que aseguran higiene y seguridad. Cada cultivo se protege con acolchado biodegradable, que aporta calor y mejora el calibre. El agua, recurso vital, se controla con sondas y estaciones meteorológicas que ajustan el riego al milímetro. 

Pero el verdadero desafío está bajo la tierra… y en el aire. Las plagas no descansan. Gusanos, trips, pulgón: enemigos invisibles que encuentran en este clima suave un paraíso. Aquí, la presión del pulgón dura 11 meses al año, frente a los seis de Navarra. La solución ha venido de la mano de Proexport con una red de estaciones que monitoriza la presión de plagas y enfermedades en tiempo real. Cada agricultor recibe información diaria para actuar de forma preventiva. Incluso se predicen riesgos según la meteorología: si baja la temperatura, el crecimiento del cultivo se ralentiza; si sube, las plagas se multiplican.

La genética también juega su papel. Florette trabaja con las mejores variedades resistentes a pulgón, mildiu y otras amenazas. Más de 45 variedades de lechuga iceberg se alternan cada pocas semanas, y cada año se realizan 150 ensayos solo en esta especie. En total, hasta 600 pruebas para garantizar que cada hoja cumpla los estándares más altos. Porque detrás de cada ensalada hay ciencia, estrategia y mucha innovación.

El verano, lejos de ser un obstáculo, se convierte en aliado. Con la técnica de biosolarización, el suelo se cubre con plástico transparente y se deja que el sol haga su trabajo: temperaturas de hasta 55 grados eliminan semillas de malas hierbas, hongos y patógenos. Así, el terreno queda “como nuevo” para la siguiente campaña.

Centro de producción

A quince minutos de los cultivos que lo alimentan, el centro de producción de Florette (Torre Pacheco, 2013) funciona como un reloj. Allí, entre el murmullo constante de cintas transportadoras y túneles de frío, trabaja Alberto García Piqueras, su director, que conoce al milímetro el proceso de la lechuga.

«Esta es nuestra realidad», dice mientras señala una fotografía ampliada del nuevo parque fotovoltaico que bordea las instalaciones. En los últimos años, el centro ha crecido en metros, en surtido y en personas: más de 450 empleados directos y alrededor de 50 indirectos. «Somos una comunidad», resume. Y no exagera.

El viaje de la lechuga

Las lechugas se recolectan en su punto óptimo, cuando el sol aún no ha calentado el campo, y viajan unos kilómetros para llegar al centro a 2–4 grados, la temperatura que lo determina todo. «La frescura es nuestra religión», afirma García Piqueras.

En la Cámara de Materias Primas se produce el primer filtro: un control de calidad exhaustivo. Si algo falla, la materia prima se rechaza y se convierte en alimento para el ganado. Nada se desperdicia. El resto del proceso —como insiste el director— es “tan simple como en casa, pero a lo grande”: seleccionar, cortar, lavar, secar, mezclar y envasar. Y hacerlo en cuestión de minutos.

florette-murcia (2)

Las lechugas adultas se cortan; los brotes, más frágiles, entran directos en línea. Espinacas, rúcula, escarolas rizadas, col lombarda, zanahoria… Más de 60 materias primas desfilan a diario por unas líneas que combinan manos expertas y tecnología de última generación.

En las plantas de procesado, el frío es la clave. Toda la cadena funciona entre 1º y 4ºC. Nada de aditivos, nada de conservantes. Solo selección, corte, lavado, secado y envasado. El viaje del campo al lineal, a veces, dura menos de 24 horas.

Las manos y las máquinas

García Piqueras insiste en que «las personas son claves». Porque, pese a la maquinaria patentada —como esa que abre la escarola “como una bailarina”—, es el ojo humano quien certifica estándar tras estándar. Desde la recepción hasta el embolsado. La fábrica es una cadena de controles.

Los brotes se secan en túneles de aire y las lechugas en enormes centrifugadoras industriales. Luego, las máquinas de visión artificial actúan como guardianas: detectan insectos, restos vegetales o tronchos rebeldes que el corte manual no logró eliminar. Y a partir de ahí pasa a la sala blanca, donde el producto ya está listo para consumir, y sólo queda el pesado y embolsado. Aquí la exigencia se multiplica. No entra maquillaje, ni joyas, ni un gesto fuera de protocolo.

Más allá de la tecnología, Florette presume de su gente. Servicios de fisioterapia, ejercicios de calentamiento en cada turno, campañas de cultura preventiva, mejoras ergonómicas y, sobre todo, promoción interna. La mayoría son vecinos de Torre Pacheco, San Pedro, Cartagena o localidades cercanas.

Lo que queda después del recorrido es la sensación de que la cadena es exacta, un paisaje de rutina precisa. Y que detrás de cada bolsa de ensalada que llega al supermercado hay un engranaje de personas, máquinas y cultivos que trabajan para que lo verde llegue vivo al plato.

Redaccion AenVerde

info@aenverde.es

Sin comentarios

Deja una respuesta