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20 años: La lección que nos dejó el isofenfos metil

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A finales de diciembre de 2006, cuando los mercados europeos se preparaban para la campaña posnavideña, una noticia sacudió los pilares de la agricultura almeriense: laboratorios de Stuttgart detectaron isofenfos metil, un insecticida prohibido en la Unión Europea, en nueve partidas de pimiento procedentes de Almería.

Los análisis revelaron concentraciones de entre 0,005 y 0,18 mg/kg, lo que llevó a la retirada inmediata de las partidas y al inicio de una investigación contrarreloj en España.

Los técnicos de la Junta inspeccionaron rápidamente 15 fincas y 18 invernaderos
vinculados a la trazabilidad de los envíos, clausurando temporalmente las explotaciones afectadas y abriendo expedientes sancionadores que podían alcanzar los 120.000 euros.

Aunque las autoridades sanitarias españolas recalcaron que la salud pública no estaba en riesgo —haría falta ingerir miles de kilos para causar daño—, el golpe reputacional fue inmediato: Alemania suspendió la comercialización de pimiento español y otros países activaron controles extraordinarios.

Aquella crisis, sin embargo, no surgió de la nada. La presencia de fitosanitarios ilegales llevaba años siendo un secreto a voces en el sector: redes criminales abastecían productos no autorizados aprovechando un sistema europeo de registro cada vez más restrictivo y una administración española incapaz de actualizar su catálogo de autorizaciones Los meses que siguieron fueron de convulsión y aprendizaje acelerado. A partir de enero de 2007, agricultores, técnicos y comercializadoras comenzaron a girar hacia una estrategia que hasta entonces se
consideraba experimental o limitada: el control biológico de plagas.

Revolución verde

Almería vivió en 2007 una auténtica “revolución verde”, impulsada por el miedo a
perder los mercados y por la certeza de que la única alternativa viable pasaba por abandonar de forma drástica los productos químicos de riesgo. En apenas una campaña, la superficie de invernaderos con control biológico pasó de 128 hectáreas a más de 11.400, una multiplicación en cadena que transformó para siempre el modelo productivo del pimiento y, más tarde, de casi todos los cultivos hortícolas de la provincia.

Desde Alemania hasta Reino Unido, los distribuidores comenzaron a recuperar la confianza precisamente porque Almería había reaccionado con contundencia, reinventándose por completo en tiempo récord.

Esa rápida reconversión no solo cerró la herida reputacional, sino que además estableció los cimientos de una nueva identidad agrícola basada en la sostenibilidad, la trazabilidad y la garantía de calidad agroalimentaria. Durante los años posteriores, el pimiento del sudeste español no volvió a protagonizar alertas por residuos ilegales, al tiempo que la provincia se consolidaba como proveedor fiable en los mercados más exigentes, compitiendo no por precio, sino por estándares superiores de seguridad alimentaria.

La industria auxiliar, la investigación, las certificaciones y las administraciones
avanzaron juntas en esa dirección, reforzando un sistema que hoy se considera referencia europea en manejo integrado y control biológico.

La lección es clara

En este sentido, empresas como Bioline Iberia vuelcan todos sus esfuerzos de I+D+i en encontrar soluciones biológicas y de residuo cero para las plagas y enfermedades que suponen un reto diario para los agricultores.

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Auxiliares como el Orius (en la foto) o el Swirskii forman parte del gran cambio dado.

Y así, como la memoria es frágil, conviene recordar. Hace 20 años los expertos advirtieron que el origen del problema no se solucionaba solo con sanciones o controles, sino con un cambio real de mentalidad que evitara la tentación de volver a prácticas de riesgo. Y ese aviso sigue plenamente vigente.

En la actualidad, y con primaveras cada vez más cálidas, aparecen plagas más agresivas, ahí están la araña roja, el pulgón y el Thrips Parvispinus. Y la desesperación puede llevar a que el control biológico se relaje en determinadas zonas y épocas del año, dejando ventanas de vulnerabilidad a errores similares a los de 2006.

La lección de aquellos días es clara: la reputación de Almería tardó años en recuperarse y costó millones de euros en pérdidas y esfuerzos comerciales. Pero
reconstruirla una segunda vez sería infinitamente más difícil en un mercado global hipercompetitivo, donde países como —Turquía, Marruecos, Países Bajos— buscan
cualquier resquicio para ocupar nichos de mercado.

Hoy, más que nunca, el sector no puede permitirse titubeos. La única vía segura es perseverar en lo que convirtió a Almería en líder europeo: el control biológico, la profesionalidad y el compromiso con un modelo limpio, sostenible y creíble.

Redaccion AenVerde

info@aenverde.es

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