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Desde la carretera, los invernaderos de Níjar se extienden como un mar en calma. Un paisaje blanco, impactante, que durante décadas es símbolo del motor agrícola de Europa. Bajo ese mar artificial, Cecilia García-Giralda Rodríguez (“granadina de
nacimiento y almeriense de corazón”) aprendió a mirar el plástico de otra manera. Y a crear. Primero llegó la fotografía, luego la pintura. Hasta que el plástico —ese material omnipresente que envuelve el campo— dejó de ser solo fondo para
convertirse en protagonista. “Es un recurso que está en todos los rincones. Trabajarlo le da otro significado. Lo saca del ámbito industrial y lo convierte en símbolo de resistencia”.
Cecilia, profesora y artista visual, estudió Bellas Artes en Granada y pasó años aprendiendo y exponiendo en distintas galerías de Europa. “Quería ver el mundo, pero también volver con otra mirada”, recuerda. Regresó a Almería, atraída por su paisaje extremo y por lo que escondía: “Empecé a verlo de forma crítica. El territorio, la migración, el invernadero… ya no podía separarlo”.
Tras contactar con una ONG, comenzó a dar talleres en asentamientos de personas migrantes que trabajan en los invernaderos. No había materiales. Solo plástico. “Y a partir de ahí surgió todo. Decidí otorgarle una carga simbólica de fuerza, perserverancia y transformación en algo bello”. Con mujeres migrantes creó caftanes bordados en oro, hechos con plástico agrícola. Piezas únicas, históricamente asociadas al poder y prestigio social. “Cuando reconstruyes un material, también reconstruyes tu propio relato”, dice.
En las aulas
Hoy vive en La Isleta del Moro y enseña Expresión Artística en 4º de la ESO en el Instituto de San Isidro, en Níjar, donde el 85% del alumnado es de origen marroquí y la mayoría hijos de familias que trabajan bajo el plástico. Algunos de ellos respondieron con entusiasmo a la iniciativa de Cecilia de transformar en arte el material que protege el cultivo.
“Estamos haciendo marcos con retratos y hasta una medusa gigante con tiras de plástico de invernadero”, cuenta Fátima Ouahbi, una de las alumnas, quien “al principio no podía imaginar que un material que se considera basura se pudiera convertir en algo bonito». Su compañera Lina Aadoumi asiente: «Para hacer obras de arte lo importante no es el material, sino la creación y las ganas que le echas”.
Rubén Pedrosa se une al entusiasmo y lo explica con precisión: “Usamos un material común para cambiar la perspectiva. Transformarlo en algo que impacte y te deje pensando”. Para él, el proyecto es también una lección de sostenibilidad: “Si optimizamos cómo usamos el plástico, podemos reducir sus desventajas y maximizar sus beneficios”.
Las aulas se han convertido en laboratorios de reciclaje creativo. Collage, ensamblaje, técnica pictórica y sobre todo, instalación artística que envuelve el espacio. “El plástico no es agradecido, se resbala, cede…”, reconoce Cecilia. “Pero
eso precisamente lo hace especial, nos obliga a adaptarnos, a aceptar el error, a confiar en el proceso”.
Jolly Richard, que pintó las estrías de una medusa, resume el aprendizaje: “Hemos comprobado que se puede reciclar y hacer arte prácticamente con lo que sea. No hay nada descartable. Todo puede tener una segunda vida. Un proyecto
muy interesante e innovador”.
En una provincia donde el plástico es sinónimo de producción intensiva y residuos, este proyecto propone otra narrativa: la de la transformación. No desde la denuncia, sino desde la mediación artística. “El arte es una forma de visibilizar, de conectar realidades”, asegura Cecilia.
Los trabajos realizados participan en el Festival de Arte Contemporáneo del instituto de forma que el alumnado no solo disfrute de una exposición o de una visita al museo, «sino de todo el proceso creativo: desde la idea hasta verla expuesta y saber defenderla. Más allá del resultado final de las obras, durante el proceso se genera una verdadera comunidad: se crean vínculos, se construye confianza y empezamos a compartir aspectos personales de cada uno».
Además, este proyecto busca «descentralizar el arte contemporáneo, para que no se quede solo en las grandes capitales, sino que llegue también a rincones como Níjar», donde el mar de plástico proporciona una oportunidad de belleza y solidaridad que solo artistas como Cecilia pueden plasmar.
