(También nos puedes seguir por nuestro canal de WhatsApp)
“Para finales de la década, creo que vamos a alimentar a más de mil millones de personas con productos basados en CRISPR”. Quien hace esta afirmación es uno de los pioneros en usar la tecnología basada en esta revolucionaria técnica de edición genética.
Se llama Rodolphe Barrangou y está al frente del laboratorio CRISPR en el Departamento de Ciencias de la Alimentación, Bioprocesamiento y Nutrición de la Universidad Estatal de Carolina del Norte.
No tiene dudas. Mientras que en Europa el pesado engranaje legislativo tan sólo ha introducido el debate del manejo de las Nuevas Técnicas Genómicas (NTG) en la agricultura, en la citada universidad estadounidense ya cuentan con el Centro de Edición Genómica para la Agricultura Sostenible, conscientes de la importancia de atajar desafíos agrícolas, como el cambio climático, las especies invasoras o la
reducción de las tierras agrícolas, entre otros.
Desde 2021, cuando la Comisión Europea comenzó a analizar la situación y concluyera que el marco regulatorio no era el adecuado para las NTG, el proceso ha sido lento y ahora detenido desde la presidencia belga del Consejo Europeo. Tampoco se esperan avances durante la actual presidencia húngara ni la próxima polaca. Las esperanzas en avanzar quedan para el segundo semestre de 2025, cuando Dinamarca tome las riendas de la presidencia, como nos augura en la entrevista de este número, la responsable de ANOVE, Elena Saenz.
“En Europa llevamos muchos años de retraso en la utilización de las nuevas técnicas de edición genética. Y, precisamente, estas técnicas lo que facilitan es la rapidez en la obtención de los resultados que se pretenden. Son como atajos para llegar al mismo sitio, pero más rápido, más económico y con mayores garantías de éxito y seguridad, porque el procedimiento es mucho más controlado”, asevera Javier Bernabeu, director general de Sakata Seed Ibérica.
Bernabeu apunta hacia China. “Probablemente es quien más partido va a sacar de esta situación gracias a su decidida apuesta por estas técnicas. Pero detrás de los cambios en ese país nunca se sabe a ciencia cierta lo que hay.
Por otro lado, es muy probable que también saquen partido de ello algunos países menos desarrollados y con mucho peso agrícola a nivel global como
India, Brasil, o Argentina, entre otros”.
Y como no, Estados Unidos. El investigador norteamericano Barrangou lo cuenta en una entrevista para su universidad de Carolina del Norte. “El año pasado, una empresa llamada Pairwise Plants eliminó el amargor de las hojas de mostaza. Llevé a todo mi laboratorio e hice una prueba de sabor. A mí personalmente me gustan algunas de esas verduras que son un poco amargas y picantes, pero a algunas personas no. Si se pueden eliminar los sabores indeseables de las verduras, ¿podríamos lograr que la gente comiera más verduras?
Otro ejemplo, las uvas sin semillas: Imaginemos que podemos hacer eso con un montón de bayas o frutos, cerezas o aguacates sin hueso. Muchos rasgos potenciales centrados en el consumidor serán de interés para una gran franja de
la población”, comenta Barrangou.
Como bien reconoce este investigador “ya se trate de mejorar los rendimientos de los agricultores, los beneficios para ellos y el valor de las tierras agrícolas, o de satisfacer los gustos de los consumidores, las posibilidades son ilimitadas. La única limitación es nuestra imaginación”.
El director general de Sakata tampoco tiene dudas de las grandes posibilidades de las NTG. “Por un lado, la gran demanda a la edición genética no viene del mundo agrícola sino de la medicina y la salud humana, y ahí nadie va a ser pacato.
Una grandísima parte de los problemas de salud humana, pueden encontrar la solución mediante estas tecnologías. Y segundo, pensemos que hoy son miles de investigadores en todo el mundo, los mejores, con presupuestos millonarios y en
manos de entidades muy activas en investigación tanto fundamental como aplicada.
Costará aún que se produzcan avances muy evidentes a los ojos de los ciudadanos, pero llegarán”, asegura. Justamente este año, en la ceremonia de apertura del Premio Mundial de la Alimentación el pasado mes de octubre en Iowa (EE.UU), el director general de la FAO, QU Dongyu, puso el acento en cómo los avances de la ciencia genética llevarán al mundo al «amanecer de una nueva era».
Para Dongyu, la protección de la biodiversidad genética es fundamental para crear sistemas agroalimentarios resilientes. “Al aprovechar la tecnología moderna para mejorar la diversidad de cultivos, preservamos la biodiversidad esencial y disfrutamos de la diversidad alimentaria”.
Una biodiversidad reconocida en el citado premio que recayó sobre Geoffrey Hawtin y Cary Fowler por su contribución a la protección del patrimonio mundial
de la biodiversidad de los cultivos, ambos impulsores del Banco Mundial de Semillas de Svalbard, en Noruega.
Y esa biodiversidad que se trata de preservar tiene que contar también con factores como el clima, las plagas o las enfermedades. Por eso preguntamos a Javier Bernabeu si son esas las grandes preocupaciones de los obtentores hoy en día: “En realidad, lo que sucede es que son esos los grandes retos que tenemos en la agricultura actual y, por tanto, es lógico pensar que con herramientas más potentes tendremos más capacidades para mitigarlos”.
Y concluye: “En mi modesta opinión y pensando en un cierto largo plazo, las dos áreas de la tecnología que van a determinar el futuro de la producción de alimentos en nuestro planeta son la mejora vegetal asistida por la edición genética, que podrá elaborar variedades casi que bajo catálogo. Y otra gran área es la robótica y la inteligencia artificial que nos permitirá eliminar la mano de obra de los campos de cultivo”.
Ilustraciones: Julián Echeverry,
